14/7/17

LA REVELACIÓN


Toda sustancia contiene necesariamente un principio de desenvolvimiento, un medio de conservación y una finalidad. El principio, la causa, es Dios; el modo de ser, la dicha, el propio bien; y el fin, proporcionar el bien ajeno, la virtud, la moral.

Todo ente espiritual lleva en sí la razón de su ser, su saber y su deber. Primero es el ser de los seres; después el ser propio; y luego el ser ajeno igual. O lo que es lo mismo, la razón de su ser, la Religión, deberes con respecto a Dios; la razón de su saber, la Libertad, deberes con respecto a sí mismo; la razón de su deber, la Justicia, deberes con respecto a los demás.
La religión, la libertad y la justicia, irradiaciones de lo absoluto, son las leyes necesarias que constituyen parte del plan providencial.

Como las verdades humanas no son más que los reflejos de la verdad absoluta, y como la verdad no es más que una, resulta que no hay más que una religión, una libertad, una justicia y una moral verdaderas, así como no puede haber más que una sola aritmética y una sola geometría.
El mundo pagano acertaba con alguna máxima de moral, como acierta el protestantismo con alguna verdad del dogma, por instinto, por casualidad. La sofistería del pasado, con una filantropía puramente sensual, ha pretendido elevar a dogma metafísico un cierto libre cultismo, que no era más que la negación de toda religión.
No puede haber más que una religión, una moral, un derecho. Puesta la ley en armonía con la idea absoluta de la justicia, el estado hace cumplir la ley, porque es la única verdad, y como única verdad debe ser obligatoria para todos.

El conocimiento de una verdad absoluta es una revelación. En esta parte todo gran entendimiento está lleno de algo que se parece a la gracia del Espíritu Santo.
La moral cristiana es la verdad absoluta, tan absoluta y tan perfecta, que es imposible de toda imposibilidad que no haya sido revelada por Dios. La organización de nuestra iglesia es, a imitación del orden del universo, varia y una, la variedad en la unidad, y es depositaria del único dogma de absoluta verdad hija del padre que está en los cielos; dogma del cual Dios es el autor, San Pablo el predicador, San Agustín el comentarista, y Santo Tomás el sabio; pues Dios lo inspiró, San Pablo lo precisó, San Agustín lo desarrolló, y Santo Tomás lo demostró.

Hay tres clases de sofistas enemigos de esta iglesia; unos que quieren quitar a Jesucristo su humanidad, concediéndole su existencia y su divinidad; otros que pretenden quitarle su divinidad, concediéndole su humanidad y su existencia; y otros que, diciendo que es un producto de la imaginación popular, le niegan la humanidad, la divinidad y hasta la existencia. Sería un excelente asunto para que algún buen ingenio escribiese un libro contraponiendo las ideas de estas tres clases de sofistas, cuyo libro se podría titular: la verdad sobre las ruinas de la mentira, o la sofistería destruida por los sofistas.

El dilema de San Agustín, que se puede aplicar a todos estos enemigos de la iglesia, no tiene réplica:
«Si Jesucristo ha hecho milagros y ha establecido una doctrina divina, en ese caso es Dios; si Jesucristo no ha hecho milagros, la fundación de su doctrina es el más grande y el más portentoso de todos los milagros, y prueba que la voluntad divina quiere que Jesucristo sea reverenciado como el único y verdadero hijo de Dios.»

Los exegetas que atacan la divinidad de la persona de Cristo, y no se atreven a dudar de la santidad de su moral, cometen una acción impía, para venir luego a hacer una cosa necia. ¿Puede dejar de ser divina una moral que presenta sabias soluciones para todos los problemas de la vida, que ha convertido el mundo a la verdad, y que ha creado esta civilización europea, más religiosa que la oriental, más sabia que la griega, y más universal que la romana?.
Todos están de acuerdo en la divinidad de la doctrina; sólo los exegetas dudan de la santidad de la persona. Pues aquí vuelvo a mi argumento: el que Dios se haya hecho hombre para publicar una moral divina, por ser sobrenatural, eso es un milagro creíble; pero el que esa doctrina fuese publicada por un hombre, que no fuese Dios, por ser contra-natural, eso sería un milagro increíble. Un Dios hecho hombre es sobrenatural; pero un hombre que hiciese lo que Dios, sería contra-natural. Sacar lo humano de lo divino es cosa fácil; pero inferir de lo humano lo divino es una cosa imposible.

La fe y la razón son dos órganos de lo absoluto, porque según Nicolás, “la razón es como el ojo del espíritu y la mirada del alma; la revelación es la luz que, reflejando en los objetos, los hace visibles. El ojo por sí no ve, es menester que la luz le advierta la presencia de los objetos. La luz por sí sola tampoco hace ver, si el ojo no se abre, no se fija y no penetra con sus miradas los objetos. Esta es la imagen de la razón y de la fe”.

Los protestantes dicen que el hombre tiene la razón porque tiene su razón. Error de lógica: jamás de lo particular se puede deducir lo general. El hombre tendría razón, si tuviera la razón; pero la gran razón del hombre es eterna, es objetiva, es ontológica, está fuera del hombre, es la razón de Dios.
Toda inspiración es una revelación. Ya Hipócrates pensaba que, aún las mismas artes indispensables a la vida humana fueron una revelación y una gracia de los Dioses. Platón afirma que en cuanto a moral nadie puede enseñar cosa alguna a otros, a menos que no haya tenido a Dios por maestro.
Extacto de: LO ABSOLUTO - Ramón de Campoamor