7/4/15

LA TUMBA DE JESÚS

                                  
En la Palestina de tiempos de Jesús, los cadáveres eran enterrados al poco tiempo de morir, y el funeral se celebraba antes de ocho horas. Lo primero que se hacía era lavar el cadáver con perfumes (“un compuesto de mirra y áloe” según Juan 19, 39) y vestirlo con sus ropas más lujosas. A continuación, se amortajaba el cadáver con varias telas, una para la cara, las manos y los pies vendados y otra sábana de mayor tamaño para cubrir todo el cuerpo.
Los parientes y amigos llevaban el cuerpo en procesión, precedidos por las mujeres, que proferían grandes llantos, se rasgaban las vestiduras y se arrojaban ceniza o tierra en el pelo. En ocasiones se contrataban flautistas profesionales para acompañar al cortejo.
En Jerusalén, los pobres eran sepultados en fosas comunes, mientras que los ricos contaban con lujosas tumbas excavadas en la roca en el valle del Cedrón, lugar en el que comenzaría el juicio final, o un poco más al norte. Estas tumbas llegaban a ser en ocasiones auténticos laberintos subterráneos, como la llamada Tumba de Nicanor o la de Absalón, esta última en el valle del Cedrón.
El plano interior de estas tumbas era muy variado, aunque por lo general, tenían una habitación central y varios nichos alrededor para los cadáveres.
Pasado un tiempo, la costumbre era recoger los huesos del muerto y meterlos en un osario, dejando así espacio para un nuevo cadáver en el nicho. Algunas veces, en lugar de en un nicho, el cadáver se colocaba sobre un arcosolio, un espacio abovedado con una repisa a modo de lecho cuyo lado más largo corría paralelo a la pared. Esta repisa fue a veces vaciada para depositar el cadáver no encima, sino dentro, y luego se tapaba con una losa. De esta manera, se utilizaba como tumba perpetua, sin recogida posterior de huesos. La entrada de la tumba quedaba sellada por medio de una enorme piedra rodante (en hebreo golel) que impedía la profanación del espacio funerario.
La espiritualidad que impregnaba toda la vida y las creencias judías no hacía necesaria la colocación de ajuares funerarios, a diferencia de otras culturas del mundo antiguo que consideraban imprescindible que el muerto pasase a la otra vida acompañado de sus bienes más preciados y con abundante comida y bebida (es evidente en el antiguo Egipto y en las culturas mesoamericanas).
Los pocos objetos que se han encontrado en las tumbas judías del siglo primero habían sido empleados durante el entierro: lámparas de aceite para iluminar la cámara durante la ceremonia funeraria, frascos con perfumes, ungüentos e incienso para ungir el cadáver, etc. Lo más difícil de explicar es la presencia en algunas tumbas de sartenes y cazuelas. Todas ellas tenían una capa considerable de hollín, lo que hace suponer que habían sido retiradas del fuego justo antes de su introducción en la tumba, quizás como comida para el difunto. Se trataba de una costumbre ancestral en todo el Oriente Medio, y aunque en esta época ya había perdido el sentido, el abandono de una costumbre es algo que siempre lleva su tiempo.

¿Debemos asumir que Jesús fue enterrado en una tumba excavada en la roca perteneciente a un individuo adinerado y que su cadáver recibió sepultura según las prescripciones rituales judías?. 
Para responder a esta pregunta debemos analizar los textos, centrándonos especialmente en la figura de José de Arimatea.

En las circunstancias del entierro de Jesús hay diferencias notables entre los cuatro relatos evangélicos. Mientras en las versiones de Marcos y Lucas (23, 50) se afirma que José de Arimatea es miembro del Sanedrín, en la de Mateo (27, 57) y Juan (19, 38) se dice tan sólo que es seguidor de Jesús. Asimismo, sólo Juan 19, 39 menciona la participación de un tal Nicodemo en la preparación del cadáver, mientras que, por otra parte, no hay acuerdo acerca de las mujeres que presenciaron el entierro (María Magdalena y María la de José en Marcos; María Magdalena y la otra María en Mateo, las mujeres que lo habían seguido desde Galilea en Lucas y ninguna mujer en el relato de Juan).
En todos los casos, no obstante, se indica que el de Arimatea poseía una tumba en la que dio acomodo al cadáver de su amigo y maestro. A partir de esta suposición, se ha concluido que esta tumba debió ser relativamente lujosa y que se encontraría en las zonas elegidas para construir o excavar sus monumentos funerarios. Ahora bien, por las fuentes judías de la época sabemos que existió un tal José de Arimatea, pero no era miembro del Sanedrín, sino que pertenecía a un Beth Din (tribunal) inferior, uno de los tres existentes en Jerusalén, y tenía encomendada la tarea de asegurarse de que los cadáveres de los ajusticiados recibiesen un entierro digno y de acuerdo a las normas de pureza ritual judías antes del anochecer.
La costumbre habitual de los romanos era dejar los cuerpos de los crucificados colgados a la vista de todo el pueblo y permitir que las aves carroñeras devorasen los cuerpos. Sin embargo, la idiosincrasia del pueblo judío debió hacer posible que se llegase a un acuerdo entre las autoridades romanas y los dirigentes locales judíos para que éstos últimos enterrasen los cuerpos de los ajusticiados y evitasen transgredir las exigentes leyes de impureza ritual judías.
Esta circunstancia viene confirmada por un versículo de los Hechos de los Apóstoles, que afirma que no fue un seguidor de Jesús, sino “los habitantes de Jerusalén y sus jefes” (Hechos 13, 27-29), quienes dieron sepultura a Jesús.
En efecto, las fuentes rabínicas de la época se refieren al trato que deben recibir los cadáveres de los ajusticiados, y aunque se refiere a ahorcados y lapidados, sin hacer mención a los crucificados por ser una pena romana y no judía, debemos suponer que estas normas eran extensivas a todos los muertos, hubiesen sido condenados por la autoridad judía o romana.

José de Arimatea, como representante del tribunal inferior judío, acude a la autoridad romana, fuese Pilato o algún oficial, para que le entregasen el cuerpo de Jesús, y quizás los de todos los crucificados aquel día que nadie hubiera reclamado. Tras certificar su muerte (“llamó al centurión y le preguntó si ya había muerto; enterado por el centurión otorgó el cadáver a José”. Mc 15, 44), permitió que José de Arimatea (y los funcionarios que sin duda lo acompañaban) descolgasen a Jesús de la cruz y le diesen sepultura.
José de Arimatea no entierra a Jesús a título personal, sino como funcionario municipal, de manera que lo más lógico sería pensar que Jesús fuese enterrado en una fosa común. Las atenciones dispensadas al cadáver (o varios cadáveres) serían las mínimas imprescindibles por dos razones. En primer lugar, porque ningún particular costeaba estos sepelios, y en segundo, porque se acercaba la hora de comienzo del sábado (la misma del anochecer) en la que ya no podrían llevar a cabo su tarea. No obstante, se supone que se envolvieron las extremidades de Jesús con vendas o que se utilizase incluso algún modesto sudario, así como que algún flautista a sueldo de las autoridades judías estuviera presente en la ceremonia de inhumación.
El lugar del entierro estaría posiblemente cerca del patíbulo por razones obvias. Al ser una práctica habitual la crucifixión en el Gólgota, también sería habitual que José de Arimatea y sus colaboradores tuvieran que hacerse cargo de numerosos cadáveres, y qué mejor sitio que algún emplazamiento cercano al lugar de ejecución para ahorrar tiempo y esfuerzo. Esto explicaría por qué tanto el evangelista Juan (Jn 19, 41) como la tradición cristiana posterior situaba el Gólgota y el sepulcro de Jesús en un mismo lugar, algo que, de otra manera, no tendría por qué ser así. Por eso, y a pesar de las deformaciones evidentes de los relatos evangélicos, es probable que el Santo Sepulcro, que cuenta con una tradición antiquísima, se encuentre en el auténtico emplazamiento del Gólgota y la tumba de Jesús, frente a la Tumba del Jardín y el Calvario de Gordon, que no consta en ninguna tradición anterior al siglo XIX.
Sin embargo, admitiendo que en los evangelios se trate efectivamente del mismo José de Arimatea, lo único que podríamos asegurar es que no perteneció al Sanedrín, pero en ningún caso se puede demostrar que no fuese seguidor de Jesús, por lo que quizás, pudo hacer una excepción con su cadáver y enterrarlo, efectivamente, en una tumba de su propiedad, con lo que las versiones evangélicas se ajustarían en lo esencial a lo ocurrido.


EL SUDARIO DE OVIEDO

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