17/6/17

EL PUNTO OMEGA (II)


Mientras que Santo Tomás de Aquino vivió en una época en que coexistían la religión y la filosofía cada una con su verdad, Pierre Teilhard de Chardin vive en una época en que coexisten y compiten ciencia y religión. Así como Santo Tomás pertenece tanto a la filosofía como a la religión, y las compatibiliza en una verdad única, Teilhard de Chardin pertenece tanto a la religión como a la ciencia, y trata de compatibilizarlas en una única verdad y dice:

La originalidad de mi creencia consiste en que tiene sus raíces en dos campos de la vida habitualmente considerados como antagonistas. Por educación y formación intelectual, yo pertenezco a los Hijos del Cielo, pero por temperamento y por estudios profesionales, yo soy un Hijo de la Tierra. Situado así por la vida en el corazón de dos mundos de los que conozco, por una experiencia familiar, la teoría, la lengua y los sentimientos, no he erigido ningún tabique interior, sino que he dejado que actúen en plena libertad una sobre otra, en el fondo de mí mismo, dos influencias aparentemente contrarias. Después de treinta años consagrados a perseguir la unidad interior, tengo la impresión de que se ha operado, naturalmente, una síntesis entre las dos corrientes que me solicitan. Una no ha matado a la otra. Hoy creo, probablemente, más que nunca en Dios y desde luego, más que nunca en el mundo”.

Está aquí, a una escala individual, la solución particular, esbozada al menos, del gran problema espiritual con el que choca en la hora presente, el frente de avance de la humanidad. (Citado en Introducción al Pensamiento de Teilhard de Chardin de Claude Tresmontant - Taurus Ediciones)

Los escritos de Teilhard de Chardin tratan de ser estrictamente científicos, si bien luego podrán ser interpretados desde una visión cristiana. Al respecto se citan algunas aclaraciones que aparecen en distintos escritos:
Las páginas que siguen no tratan de presentar directamente ninguna filosofía; pretenden, por el contrario, extraer su fuerza del cuidado que se ha tenido en evitar todo recurso a la metafísica. Lo que se proponen es expresar una visión tan objetiva e ingenua como sea posible de la Humanidad considerada (en su conjunto y en sus conexiones con el Universo) como un fenómeno. Ni explícitamente, ni implícitamente, se ha introducido en nuestros desarrollos la noción de lo mejor absoluto, o la de causalidad, o la de finalidad. Una ley experimental, una norma de sucesión en la duración, esto es lo que presentamos a la sabiduría positiva de nuestro siglo”.
Quede bien entendido, en primer lugar, que en lo que sigue, me limito expresamente como es conveniente, al terreno de los hechos, es decir, al dominio de lo tangible y de lo fotografiable. Al discutir, como sabio, perspectivas científicas, debo atenerme y me atendré estrictamente, al examen del orden de las apariencias, es decir, de los fenómenos.

Sobre el sentido de la evolución, Theilard de Chardin dice:

Desde la religión o desde la filosofía se habla de la finalidad del universo, o de la finalidad del hombre, como si mediante la revelación o mediante la razón pudiéramos descubrir la voluntad explícita del Creador. En cambio, desde la ciencia sólo podemos hablar de un sentido, como una tendencia observable de la evolución del universo, o de la humanidad. Luego, a partir de este sentido, es posible hablar de una finalidad implícita, o finalidad aparente”.

La evolución es la expresión de la ley estructural (a la vez de ser y de conocimiento) en virtud de la cual nada, absolutamente nada, podría entrar en nuestra vida y visión más que por vía del nacimiento, sinónimo, en otros términos, de la pan-interligazón temporal-espacial del Fenómeno. No fue hasta el siglo XIX, bajo la influencia de la Biología, cuando fue descubierta la coherencia irreversible de todo lo que existe. La menor molécula de carbono está en función, por naturaleza y por posición, del proceso sideral total; y el menor protozoario está tan estructuralmente mezclado con la trama de la Vida, que su existencia no podría ser anulada, por hipótesis, sin que se deshiciese ipso facto la red entera de la Biosfera. La distribución, la sucesión y la solidaridad de los seres, nacen de su concrescencia en una génesis común. El tiempo y el espacio se unen orgánicamente para tejer, los dos juntos, la Tela del Universo”.

Fuente: Introducción al Pensamiento de Teilhard de Chardin - Claude Tresmontant - Ediciones Taurus.

6/6/17

EL PUNTO OMEGA (I)


Punto Omega es un término acuñado por el jesuita Pierre Teilhard de Chardin para describir el punto más alto de la evolución de la consciencia, considerándolo como el fin último de la misma. De acuerdo con Teilhard y con el biólogo ruso Vladímir Vernadski (autor de La Geosfera 1924 y La Biosfera 1926), el planeta se encuentra en un proceso transformador, evolucionando desde la Biosfera a la Noosfera.

Mientras que desde la religión se supone que un Dios ha establecido directivas concretas sobre el destino final del Universo, desde una postura científica, podemos observar tendencias naturales y pensamientos racionales y de ahí, podemos estimar hacia dónde podrá ir la humanidad en un futuro muy lejano.

En su libro El Fenómeno Humano, Teilhard de Chardin señala que el Punto Omega ha de poseer las siguientes cinco características:

1-Ya existente. Sólo así se puede explicar el camino hacia superiores estados de conciencia del Universo Mundial.
2-Personal, un ser intelectual, no una idea abstracta.
El paso a un estado mayor de complejidad de la materia no ha dado lugar solamente a formas superiores de consciencia sino a una mayor personalidad, de la cual los seres humanos son el mayor exponente en el Universo conocido. Son centros de acción individuales, completamente libres. Es en este sentido que se puede decir que el Hombre está hecho a la imagen de Dios, que es la forma superior de personalidad.
Teilhard señaló expresamente que en el Punto Omega, cuando el Universo sea Uno, las personas no serán suprimidas sino super-personalizadas. La personalidad será enriquecida infinitamente porque el Punto Omega une la creación, y cuanto más unido el universo se vuelve más complejo y crece en consciencia. Así, Dios crea un universo que evoluciona hacia formas superiores de complejidad, consciencia y, finalmente con los humanos, personalidad, porque Dios, que acerca el Universo a Sí, es una persona.
3-Trascendente. El Punto Omega no puede ser el resultado final del proceso de crecimiento en complejidad y consciencia del Universo. En lugar de eso, el Punto Omega debe existir incluso antes de la evolución del Universo porque el Punto Omega es responsable del crecimiento del Universo hacia una mayor complejidad, consciencia y personalidad. Lo que significa esencialmente que el Punto Omega está fuera del marco en que crece el Universo, porque es gracias a la atracción del Punto Omega que el Universo evoluciona hacia Él.
4-Autónomo, es decir, libre de las limitaciones del tiempo (intemporal) y del espacio (no localizado)
5-Irreversible, es decir, una vez alcanzado, no puede ser perdido.

Desde un punto de vista fenoménico, Teilhard nos invita a observar la relación que existe entre el punto crítico de maduración humana, por una parte y por otra, el punto de parusía (o Segunda Venida, triunfante, de Cristo), por donde se cierra, al final de los tiempos, el horizonte cristiano. Inevitablemente, por estructura, los dos puntos coinciden en el sentido de que el acabamiento de la hominización por ultra-reflexión y ultra-violencia aparece como una condición previa necesaria (pero no suficiente) de su “divinización”.
Sin embargo, el pensamiento de Chardin dista del de la mayoría de los científicos debido a que el fin último de la evolución no es el hombre, las especies siguen evolucionando (incluyendo al hombre racional), la humanidad ha seguido evolucionando desde su aparición hace 150.000 años puesto que la selección natural "se ve a diario" junto a la diversidad genética, como afirma el científico Richard Dawkins.
Se ha predicho también la evolución del Homo Sapiens al Homo Sapientíssimus. De existir otras civilizaciones inteligentes en el universo, independientes a la humanidad, estas podrían seguir dicha mecánica evolutiva, logrando el Punto Omega.

La existencia del Punto Omega es la aceptación implícita de que el Universo tiene un sentido, algo que contrasta con las posturas nihilistas que rechazan toda posible finalidad atribuida a la evolución, al Universo, incluso a la propia humanidad.
Teilhard de Chardin escribe: “En el Universo, como hemos reconocido al principio, es la vida lo que constituye el fenómeno central y, en la vida, el pensamiento, y en el pensamiento la ordenación colectiva de todos los pensamientos en sí mismos. Pero he aquí que, por una cuarta opción, nos encontramos llevados a decidir que, más profundo todavía, es decir, en el corazón mismo del fenómeno social, está en marcha una especie de ultra-socialización, aquella por la cual la Iglesia se forma poco a poco, vivificando por su influencia, y reuniendo bajo su forma más sublime, todas las energías espirituales de la Noosfera”.
La Iglesia, eje central de la convergencia universal y punto exacto de encuentro fecundo entre el Universo y el Punto Omega”.

Mientras que el sentido de la evolución nos lleva hacia una etapa de espiritualización humana, las profecías bíblicas predicen un acontecimiento similar, la Segunda Venida de Cristo, quien dijo: Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último. De ahí, seguramente, la denominación de punto Omega” para esta convergencia. La explicación más simple para esta aparente coincidencia, implica que el cristianismo es una religión natural, por lo que no resulta extraño de que ocurra la mencionada convergencia.

Se mire como se mire, el universo no puede tener dos cabezas, no puede ser bicéfalo. Por consiguiente, al final de la operación sintetizante reivindicada por el dogma para el Verbo encarnado, no podrá ejercerse en divergencia de la convergencia natural del mundo.
Centro universal crístico, fijado por la teología, y Centro universal cósmico, postulado por la antropogénesis, ambos focos, a fin de cuentas, coinciden (o por lo menos se superponen) necesariamente en el medio histórico en que nos encontramos situados.
Cristo no sería el único motor, la única salida del universo, si el universo pudiera, de una forma cualquiera, agruparse, incluso en un grado inferior, fuera de él. Cristo, más aun, se encontraría aparentemente en la incapacidad física de centrar en sí mismo, sobrenaturalmente, al universo, si éste no hubiera ofrecido a la Encarnación un punto privilegiado donde todas las fibras cósmicas, por estructura natural, tienden a reunirse.

Extracto de: Introducción al Pensamiento de Teilhard de Chardin - Claude Tresmontant - Ediciones Taurus.

13/5/17

LO ABSOLUTO (VII)


Antes de pasar adelante, devolvamos a la idea de cantidad la significación superior y ontológica que le han atribuido los más grandes pensadores de la tierra. La cantidad puede ser extensa como los cuerpos, e intensa como los espíritus. La extensa es medible, la intensa es valuable. De estos dos diferentes estados de la cantidad, el intensivo y el extenso, nacen dos diferentes órdenes de ideas, uno de ideas de grandeza moral, y otro de ideas de grandor físico: las ideas de perfección, para ser valuadas, tienen su álgebra especial, que es la lógica; las ideas de magnitud, para ser medidas, tienen su lógica particular, que es el álgebra.

Las cosas tienen más o menos grandor físico, según se aproximan más o menos a lo absoluto de la extensión inteligible; y poseen mayor o menor grandeza moral según se acercan más o menos al tipo de la perfección absoluta”. Ruego a mis lectores que se fijen en este párrafo, porque resume todo este libro; y siendo el epílogo de toda la filosofía de lo pasado, tengo la presunción de creer que será el prólogo de la filosofía del porvenir.

Pero, aún a riesgo de repetirnos, volvamos a la noción de sustancia, a esa cosa que es lo que es, que no tiene edad, que es un rostro que no muda, Aunque nos ocuparemos de la noción de la idea sustancial.
Y repito con afectación idea sustancial, y no sustancia, porque así como todos los sistemas filosóficos de la antigüedad responden a esta pregunta: ¿Cuál es el principio de las cosas?; y los sistemas modernos inquieren: ¿Cuál es el principio de nuestros conocimientos?; nosotros, pareciéndonos que lo primero tiene algo de panteístico, y lo segundo de psicológico, preguntamos, formulando concretamente el principio y fin de nuestro sistema: ¿Cuál es el principio del conocimiento de todas las cosas posibles?. De este modo, delineando el mundo ideal, no sólo explicaremos la razón de este mundo, sino la de todos los mundos que podrán venir.

«Todo fenómeno que varía es referido a la identidad de un ser que le sirve de base, de fondo, de sustento».
«Todo atributo, o modo de ser, se refiere a una sustancia, un fondo que no puede dejar de ser».
¿Qué es sustancia? Sustancia es lo que, en toda diversidad, permanece idéntico; por ejemplo, la unidad en la muchedumbre.
La sustancia, variando de estados, no varia de naturaleza: muda de modos de ser; pero no muda de ser.
Cuando, suprimiendo una cualidad de la cosa, la cosa desaparece, esa cualidad que se suprime es sustancial.
La sustancia tiene una infinidad de modos de ser; pero no tiene ninguno de dejar de ser. La sustancia es lo que no tiene antecedente.

¿Cuál es el elemento de que se forman las cosas? La sustancia. Y ¿cuál es la sustancia de las cosas? La cantidad. Y ¿qué se entiende por cantidad? La cantidad es todo lo que es susceptible de aumento o disminución, sin cambiar de naturaleza, ni perder ninguna de sus propiedades generales.
Y puesto que ya sabemos que la cantidad es la esencia de las cosas, sigamos diciendo cuál es la esencia de la cantidad.
La cantidad es todo aquello de lo cual, por adición o por sustracción, se puede deducir siempre una serie infinita de números o grados. Por ejemplo: supongamos el tamaño, o cantidad extensa, de este libro; deduzcamos de él la mitad; después partamos por medio esta mitad de la mitad; luego sigamos dividiendo la mitad, de la mitad, de la mitad de este libro, y así sucesivamente, y haremos una serie interminable de sustracciones, siendo la serie inagotable, porque es infinita. Pues bien, eso que primero materialmente, e inteligiblemente despues, nos sirve de base para el cálculo, es la sustancia, es la cantidad extensa de este libro. Esto en cuanto a la cantidad física.

Reproduzcamos la misma operación en cuanto a la cantidad moral.
Supongamos que este libro tiene la bondad de un grado. Figurémonos otro libro de la mitad de la bondad de ese grado, adicionémosle otro libro de la mitad de la mitad de este segundo grado; y luego otro de la mitad de la mitad de este tercero; y por más adiciones que hagamos de mitades de mitades, haremos una serie infinita de mitades de mitades, y de fracciones de bondades; pero jamás la reunión de todos esos libros, que son todos buenos en un cierto grado, acabarán por llegar adicionados a tener un grado de bondad como el de este libro. Pues bien, esa cantidad intensiva, esa bondad que hemos ido evaluando, es la sustancia, es la cantidad intensa de este libro.
De lo cual resulta que la cantidad es lo esencial medible o valuable de cada cosa.

Dios hizo el mundo con cantidad, es decir con número, peso y medida; y la mejor definición que se puede dar de la cantidad, es repetir la del texto sagrado, diciendo: «que es la propiedad de toda cosa en cuanto está sujeta a número, peso y medida».

Ya hemos dicho que las cosas se componen de una sustancia; que la sustancia es la cantidad; que la cantidad es el continente de todas las existencias, y ahora sólo nos falta añadir, que la existencia es un conjunto de cualidades contenidas en alguna cantidad, o que toda existencia se compone de una sustancia y de algún accidente, de un ser y de un modo de ser, de una cantidad continente y de una o mas cualidades contenidas.
De esta manera todo el saber se encierra en la metafísica, ciencia de la idea sustancial, de lo supremo intensivo, tipo de lo inmensamente sabio, y de lo inmensamente bueno; y despues se divide en matemáticas, ciencia que se reduce a combinaciones sobre la idea de cantidad extensiva, cuyo tipo es lo inmensamente sabio, y en moral, ciencia de las combinaciones de la cantidad intensiva, y cuyo tipo es lo inmensamente bueno.
Así es como con la cantidad Dios hace el mundo, y como por la cantidad el hombre lo mide; así es como Dios lo crea, y así es como el hombre lo comprende.

Continuará...

Extracto del libro LO ABSOLUTO de Ramón de Campoamor de la Real Academia Española (año 1.865)

7/5/17

LO ABSOLUTO (VI)


Los antiguos no han conocido más que la verdad a medias; pero esta media verdad la convierten hoy nuestros contemporáneos en un completo error. Siento con todo mi corazón disentir radicalmente en esta cuestión, de la opinión de algún amigo querido; pero la verdad es antes que todo, y por eso me veo obligado a decir que la noción de la sustancia venía sencillamente iniciada por todos los grandes filósofos, los cuales la fijaban tradicionalmente en algún atributo de la idea de cantidad.

Esta noción empezó a ser estropeada por Descartes, imitando a Demócrito y Epicuro, pues convirtió la cantidad en la idea material de la extensión, añadió a la sustancia de los cuerpos otra sustancia diferente para los espíritus, el pensamiento; y de este modo cortó las relaciones entre lo físico y lo moral, truncando la ley armónica de la creación, que consiste en la ley de continuidad que dice que un ser que tiene un principio, tiene su principio en otro; destruyó la ley de causalidad rompiendo la conexión causal entre unas cosas y otras cosas; y sin tener presente la tesis de razón suficiente, que cada efecto tiene una razón suficiente, de la cual él es la continuación, y él se vuelve a su vez la razón suficiente de otro efecto.

Pero los modernos, queriendo simplificar el problema, lo han embrollado mucho más que Descartes, a pesar de la ilusión de Bordas que, a propósito de su teoría de la sustancia, decía: “no la cambiaría con Platón por su Parménides, que es la obra más sublime de la filosofía anterior al cristianismo”.
Y ¿qué ha hecho Bordas para estar tan satisfecho de su teoría? lo siguiente. Descartes hizo de la extensión material la sustancia de los cuerpos, y de otra cosa, el pensamiento, la sustancia de los espíritus. Bordas constituyó el pensamiento por la fuerza, la unió, por medio de algún conjuro, indisolublemente a la extensión, y de este modo creyó volver a unir la solución de continuidad, terraplenando el abismo que había dejado Descartes entre la extensión y el pensamiento, osea, entre la materia y el espíritu.
Pero Bordas ha faltado en su teoría a las más rudimentarias nociones de metafísica, queriendo hacer un simple de dos compuestos, por más que esos dos compuestos los quiera unir indisolublemente por medio de no sé qué cal hidráulica o cemento romano. Dos cosas indisolublemente unidas, estarán indisolublemente unidas; pero son dos cosas. El medio que los una será todo lo viscoso, todo lo fundente que se quiera; pero una sustancia compuesta de ese modo, nunca será una sustancia, sino tres sustancias, las dos cosas unidas, y la viscosidad que las une.

Dice Mateos que habiendo buscado todos los filósofos la noción de sustancia, unos en la extensión, y otros en la fuerza, esto prueba que está en las dos; y sin más discusión, casa a la fuerza con la extensión, uniéndolas al aire libre con el mismo lazo intelectual y moral que pudiera tener el matrimonio de Teresa con Bousseau.
La deducción me parece poco lógica. Una vez que todos los filósofos han buscado la sustancia, estos en la extensión y aquellos en la fuerza ¿no es inferencia más natural la de que todos los filósofos han dado nombres diferentes a una misma cosa? o ¿no es más sencillo creer que esa extensión no es otra cosa más que una fuerza distendida, y que esa fuerza es solamente una extensión concentrada?

Continuará...

1/5/17

LO ABSOLUTO (V)


Habiendo buscado los filósofos la noción de sustancia, unos en la idea de fuerza, y otros en la de extensión, y no habiéndola encontrado ni en una ni en otra, se infiere que está en las dos.

A mí esta inferencia me parece absurda. Una sustancia compuesta de otras dos, no sería una sustancia primaria, sino un amasijo secundario, una sustancia de tercera mano. Fuerza y extensión, por más indisolublemente que se las suponga unidas, no pueden ser sustancia, porque lo compuesto no puede ser simple.

Y ¿no seria más natural creer, como yo creo, que la fuerza y la extensión no son más que dos nombres de una misma cosa, dos polos de un mismo eje, los dos extremos de la idea de cantidad, que por un lado es intensiva, y más o menos extensa, pero espiritual, activa, llena de vida y fuerza, y por el otro lado extensa, y más o menos intensiva, pero visible, y material?.
Esta idea de cantidad, allá en el infinito positivo, es tan vital como el pensamiento, y la misma idea, aquí en el infinito negativo, es tan poco intensiva que es material como la extensión.

Casi todos los grandes filósofos, aunque todos ellos de una manera muy vaga, han señalado alguno de los atributos de la cantidad como la sustancia de las cosas. Para Pitágoras, el viejo del espiritualismo, todo está fundado en los números, y el alma misma es un número que se mueve a sí mismo.
Platón representa a Dios creando y ordenando los elementos y el alma por relaciones matemáticas. En esta brillante dinastía de reyes del espiritualismo, viene San Agustín a asegurar que la razón no es más que un número; y Descartes despues a decir que todas las relaciones que pueden existir entre los seres de un mismo género se reducen a dos, el orden y la medida; por lo cual el agudísimo Mallebranche ya dividió todo género de relaciones de las cosas en dos categorías de ideas, las de orden, que son más o menos perfectas, y las de medida, que son más o menos grandes.
Según Kircher el número no es más que la razón desarrollada; y Leibnitz asegura que el número es como cierta figura metafísica, y la aritmética como cierta estática de todo, que sirven para escudriñar los secretos de las cosas. Maistre señala el número en cada cosa.
Bonald, tomando por base la proporción matemática que la causa es al medio, como el medio es al efecto, enseña, entre otras cosas, que Dios es al Verbo, como el Verbo es al Universo. Laplace y Poisson van más lejos que todos aplicando el cálculo de las probabilidades a las ciencias morales, y asegurando el primero que los movimientos del pensamiento están sujetos a las leyes de la dinámica.

¿Por qué todos estos filósofos, en cuyas venas circulaba la sangre de raza pura, señalan todos aunque indeterminadamente, cierta forma de la cantidad, como la sustancia de las cosas?
Algunos filósofos modernos, entre otros Bordas y Huet en Francia, y Mateos en España, han aumentado la dificultad de la noción de sustancia, creyendo resolverla para siempre. Lo mismo que Demócrito, Epicuro y Descartes solo entienden por cantidad la extensión material, y a la idea de extensión la han añadido otra diferente, la de fuerza, y han definido la sustancia del modo siguiente: «La sustancia se compone de fuerza y extensión indisolublemente unidas.»
Pero, por muy indisolublemente unidos que estén, dos elementos diferentes no pueden componer una sustancia única. Y si la sustancia no es una, todos los problemas más importantes de la metafísica quedan sin solución posible, tales como el orden del universo, la unión de lo físico con lo moral y la coexistencia de lo finito con lo infinito.
Ni el universo puede tener por base más que una idea sustancial única, ni la ciencia se compone más que de una sola idea. Para resolver la dificultad, en vez de concebir la cantidad como un elemento pasivo, como los ilustres metafísicos que nos han precedido, y sin necesidad de ponerla en movimiento con el elemento extraño a ella llamado fuerza, como han hecho nuestros sabios contemporáneos, no se puede concebir la creación sin despojar a la cantidad de su complexidad y pasividad, considerándola como sustancia única activa.

Continuará...

24/4/17

LO ABSOLUTO (IV)


Fundar la ciencia en un hecho de conciencia o de sentimiento, sin tener por norte las ideas arquetípicas, es entregar el mundo al desorden, es la proclamación de la insubordinación universal, es el “sálvese el que pueda” del género humano, es subordinar la idea al apetito, es querer suprimir la luz para ver más claro.

Con el psicologismo se eleva a principio la insubordinacion; y entonces Lutero proscribe la fe, Descartes y Kant la certeza absoluta, Mallebranche la libertad, Espinosa la moral, Rousseau la autoridad, unos el libre albedrío, y todos a Dios. Dejemos pues lo medible y lo que mide, y subamos a la medida de todo.

Empecemos por sentar, con más razón que Arquímedes, la siguiente aserción: «Dadme un punto en el espacio, y yo os daré las leyes de la creación.»
Decía Arquímedes: «Dadme un punto en el espacio, y yo os moveré el mundo con mi palanca», esto lo haría cualquier niño.
Dice Descartes: «Dadme materia y movimiento, y os haré el mundo físico», también esto es fácil; sería, como era indispensable que fuese, un mundo muy mal formado; pero en fin, el mismo niño con estos dos elementos de Descartes podría jugar a hacer caos, haría un mundo físico cualquiera.
Pero yo haré más todavía. Si me dais la abstracción más abstracta, la imagen de un átomo; fijaos bien en el punto de partida, solo la imagen de un átomo, yo os haré el mundo de las ideas. Y como la razón de las ideas es la razón de las cosas, dada la razón inmutable de las ideas, estaremos en posesión de la verdad absoluta de las cosas.
Rosmini cree que para dar a la filosofía cristiana los dos caracteres de la verdadera ciencia, la unidad y la totalidad, basta admitir como innata una sola idea, a saber, que el ser es posible. Rosmini pedía demasiado. Para construir la ciencia, yo me contentaré con que se me admita no una idea innata, sino una idea adquirida, no un principio verdadero, sino un principio supuesto; en una palabra, no necesito que se me conceda la existencia del ser, sino la mera concesión de que es posible la existencia de alguna cosa.
Supongamos la imagen ideal de un átomo fantástico, la idea del punto matemático. Con este mínimo supuesto nos basta para construir el mundo de las ideas.

En todos los seres es forzoso que haya algo de común, porque si todas las cosas no tuvieran una sustancia común, la armonía del universo sería imposible. La sustancia común es el eje que atraviesa todo lo creado actual, y lo creado venidero o posible: el mundo real y el mundo inteligible.
¿Cuál es la sustancia? o ¿de qué dicen los filósofos que se componen las cosas?.

Continuará...

14/4/17

LO ABSOLUTO (III)


La idea de sustancia es la clave del universo concebido, y el universo material solo es la misma idea hecha sensible. Ya dijo Raimundo Lulio: «si las leyes del entendimiento son las mismas que las del universo, conocidas aquellas, nada nos resta para conocer también estas otras».
Todo esto es cierto; solo que aquí hay un germen de psicologismo que es menester extinguir hasta en su raíz. En vez de decir las leyes del entendimiento son las mismas que las del universo, debemos decir que las leyes del universo son las mismas que las que el entendimiento conoce. «Conócete a tí mismo» por el conocimiento de Dios, porque mi conocimiento no me puede dar el conocimiento de Dios, mientras que el conocimiento de Dios es el que me puede dar el conocimiento de mí mismo.

Sabiendo ya que las nociones de ser, de ente, de esencia y de causa son iguales a la de sustancia, y además que la sustancia es solamente una idea sustancial, estudiemos ahora cual es la sustancialidad de esa idea.

Según Platón, “hay en la inteligencia una cosa universal, invariable, independiente del tiempo y del espacio, y de toda circunstancia, a saber, las ideas”.
Y yo añado: en las ideas hay una idea ejemplar que las resume todas, idea matriz que contiene el germen de todas las ideas, preconcepción universal con la cual el ser concibe y crea todas las existencias, idea magna rerum mater, preconcepción de todas las concepciones, suma de toda ciencia: lo absoluto, o lo que es lo mismo, la Sustancia.

¿Cuál es la razón de todo? La razón de todo son las ideas, son lo que está por encima de todo.
El mundo ideal existe por necesidad, es ontológico; conocido por nosotros es psicológico, y practicado por nosotros el mundo ideal se convierte en un mundo real.
El universo se compone de lo medible, de lo que mide, y de la medida de todo. Lo medible son las cosas, lo que mide la razón, y Dios la medida de todo. Lo creado y lo creable no es ni puede ser más que un reflejo de lo absoluto.

Y ¿qué es lo absoluto? Lo absoluto es todas las ideas contenidas en una sola idea; es el conjunto de todas las ideas sometidas a la unidad.
Puesto que el mundo abstracto es el más verdadero porque es el eterno mundo real, busquemos la idea matriz que sintetice el conjunto de las ideas.
¿Buscaremos esta idea madre entre lo medible, entre las cosas? No; todo ser contingente solo tiene su razón suficiente en el ser necesario. Es menester convencer a los hombres de que el carpintero que sierra una tabla lo hace obedeciendo, sin saberlo, a algún principio abstracto, a alguna ley matemática, cuyo tipo es lo absoluto, cuyo ejemplar es Dios.
¿Buscaremos, como Descartes y su escuela, la idea madre en un hecho de conciencia? Tampoco; la ciencia en nuestro espíritu está, pero no es, nuestra conciencia se va; pero el saber se queda.

Continuará...

9/4/17

LO ABSOLUTO (II)


La noción del ser, es sin contradicción la más universal, y en consecuencia la más simple que se halla en nuestro espíritu. La idea más general que tenemos es la de alguna cosa. La nada absoluta nos es imposible concebirla, y el hablar de ella es contradecirse a sí mismo. Para concebir la nada sería menester tener de ella alguna idea, y todas nuestras ideas siempre y necesariamente se relacionan a alguna cosa, sea a cualquier cosa que es, sea a cualquier cosa que puede ser, sea a un objeto, sea a una cantidad, sea a una relación.

La ontología, la reina de las ciencias, es la ciencia del ser, de lo que es eternamente, de lo que no puede dejar de ser, la ciencia que prueba que todos los posibles se efectúan de un modo necesario. Según la proposición de la escuela, «el ser es todo lo que no repugna la existencia». Así ser y existir es una misma cosa, porque en la idea lo mismo existe lo que es, que lo que puede ser, y la ciencia debe abrazar no solo el ser, sino lo que puede ser, no solo lo que es, sino todo lo que es posible que sea.

Antes, el principio de causalidad y la noción del ser se llamaban la idea del ente. Esta noción se dividía en tres categorías: ente que es todo de suyo y nada de otro, lo increado, lo necesario, lo eterno, Dios; ente de otro ente, lo que subsiste mientras subsiste, la criatura; y ente por otro ente, lo que es atributo, lo accidental.

Algunos antiguos filósofos hacían figurar la unidad y el ser, o lo que nosotros llamamos la sustancia, en la esencia, y llamaban esencias a las ideas. La distinción entre la esencia y la sustancia no ha comenzado a establecerse hasta el reinado de la filosofía escolástica.

Platón hacía consistir la esencia en la sustancia.
El ente, el ser, la causa, la esencia y la sustancia; cinco nombres de una misma cosa en diferentes estados; pues ente es la idea abstracta de ser; ser es la idea más concreta de ente; causa, que es una idea general como la de ente, y más determinada que la de ser; y sustancia, que siendo la idea de ente concreto, de un ser que es de cierto modo, y de una causa que lo motiva todo, viene a representar la idea más universal y más completa de ser.

Englobadas todas las cuestiones de ente, de ser, de esencia y de causa en la noción única de sustancia, vamos a examinar cual es la idea esencial, la idea madre, el tipo ideal, la idea de las ideas.

¿De qué se componen las cosas? De una sustancia primera que existe de sí, y de otras secundarias que existen por sí.
Sustancia es lo que siempre subsiste, es lo que queda inmutable en medio de las mudanzas, es aquello que en toda diversidad permanece idéntico, como la unidad en el número; es lo que variando de estados no muda de naturaleza.
La sustancia que subsiste en sí, de sí, y por sí, es eterna por necesidad, es Dios.
La sustancia que existe por sí, es la que existe mientras existe. La sustancia que existe recibiendo el ser de otro, es criatura. La sustancia que existe por otro, es atributo. Lo que hay más abstracto en el pensamiento es lo que hay más real en las cosas. Y es indudable que para andar seguros por la tierra es menester ir mirando al cielo. Si tuviéramos bastante percepción para conocerlo, veríamos que no hay solución de continuidad entre el hecho y la idea, entre lo finito y lo infinito, entre el mundo y Dios.

Continuará...

6/4/17

LO ABSOLUTO (I)


Así como los navegantes, por el aroma de la canela conocen la dirección de la isla de Ceilán a mucha distancia, cuanto más nos alejamos del mundo más presentimos que nos acercamos a la patria de la verdad, porque, como desde ciertas cumbres, ya parece que se siente el olor del cielo, porque los rayos de luz que la verdad despide se van haciendo más claros y más tendidos, más intensos y más extensos.

Todas esas cuestiones que se agitan tempestuosamente entre el cielo y la tierra, entre la filosofía y el dogma, entre el sacerdocio de la fe y el imperio de la duda; unas se van achicando, otras se agrandan; las pueriles se convierten en graves, y las graves en pueriles; todo se va viendo sencillo, porque todo se va viendo claro; las ideas van siendo menos particulares, y ya la inteligencia va conociendo el ser, padre de la verdad, y ya vamos viendo que la verdad es la perfecta conformidad del ser y de la inteligencia.
Aquí ya vemos que así como hay dos especies de entendimientos, el increado y el creado, hay dos especies de verdades, la general y la particular, la objetiva y la subjetiva, la verdad de siempre y la verdad de ahora.
Esta verdad subjetiva, particular, de ahora, es la ecuación entre la cosa y el entendimiento del hombre; pero la verdad que vamos viendo, según subimos, es la verdad objetiva, general, la de siempre, la absoluta; y esta verdad es la ecuación entre la cosa creada y el entendimiento increado, es la conformidad de la razón del hombre con la razón de Dios.
Este punto alto del horizonte es aquel lugar superior donde, como observa Fenelon, mirando los geómetras chinos encuentran las mismas verdades que los europeos, mientras unos y otros se desconocen completamente. Aquella es la región de las verdades eternas, que son independientes de la voluntad divina. Aquel horizonte es la región de las águilas del entendimiento humano. Allí fué a buscar Platón la teoría de las ideas innatas, y Santo Tomás los fundamentos de su ideología, y Pascal las soluciones de sus problemas, y San Jerónimo el tipo de su virtud.
En esa cuna de luz innata nació para el hombre la verdad absoluta, allí se aparecerá eternamente a todos los que busquen su genealogía por cima de los horizontes de lo finito; con ese enigma que parece inexplicable, es con lo que se explica todo; esa idea absoluta es la razón de todas las ideas, y las razones de las ideas son las razones de todas las cosas.
Lanzándose a esta región de luz inefable, nuestra razón de un salto, por medio del concepto universal de las cosas, se levanta a las concepciones universales, sin pasar por medio de ningún dato empírico y sin necesidad de ocasión de ningún hecho de experiencia. Aquí ya las verdades son eternas, tomando el carácter esencial de que no pueden ser lo contrario de lo que son, y se formulan espontáneamente en nuestro espíritu con una evidencia inmediata.

«Todo hecho que principia supone una causa», «todos los radios de un círculo son perfectamente iguales», «no hagas con otro, lo que no quieras que el otro haga contigo», proposiciones todas confirmadas por la experiencia, pero que no es necesario para saberlas que la experiencia nos las enseñe. A esta altura inaccesible ya se encuentra la verdad invencible porque es inatacable; ya se siente el alma fortalecida con el auxilio de arriba, ya parece que se halla refugiada como dice un escritor: “bajo el cañón de la luz sobrenatural”.
El reflejo de esta luz divina es la estela que marca el rumbo de la verdad. La luz intelectual que hay en nosotros es la imagen de esta luz increada de que se inunda el alma en estas alturas, y por eso se dice en los Salmos: “la luz de tu rostro, Señor, está trazada e impresa en nosotros”.

Todos los trabajos de los filósofos se reducen a estos tres órdenes de investigaciones: estudiar una esencia, una causa o un hecho, o más concretamente, profundizar las cosas-causas para deducir las cosas-efectos, o más sencillamente todavía, examinar de qué se componen las cosas, y cómo subsisten las cosas.

Una cosa no puede ser y dejar de ser a un mismo tiempo. Este principio es una verdad eterna. El pensamiento concibe esta verdad; pero no la hace. Si el pensamiento faltara, esta verdad podría no ser concebida; pero no podría ser deshecha. Dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí. Si el pensamiento que concibe esta verdad no existiera, la verdad continuaría existiendo. De lo cual se deduce que el entendimiento no regula las leyes de las cosas, sino que las leyes de las cosas forman la regla del entendimiento. Las ideas generales sólo en Dios son, y en nosotros sólo están. La verdad es una ley divina, que aunque se suele apagar en nuestro entendimiento, ella en sí misma es inextinguible.

Continuará...

Extracto del libro LO ABSOLUTO por D. Ramón de Campoamor de la Real Academia Española (año 1.865)

23/3/17

LOS CALDEOS

Así como dos inmensos ríos que se encuentran y se juntan entre sí, la antigua religión divina de los Atlantes y la nueva religión de los Vedas se juntaron y florecieron en la naciente raza Aria.
Al nordeste de África se extendía una tierra casi inhabitada, la finísima arena del desierto era la única dueña del territorio, pero en el linde oriental de este desierto, se estableció una nueva raza después conocida con el nombre de Meda. Dos grandes ríos el Eufrates y el Tigris, surcaban esa tierra y ayudaron la tarea fundadora de los nuevos habitantes.
La historia de la destrucción de la Atlántida, será escrita en los anales caldeos con la leyenda del "Dios Belo". Por la maldad de los hombres, Dios decide destruirlos y encarga a Xisutros que construya un arca y guarde en ella a todo ser bueno y que navegue hacia la tierra de Nicir, tierra prometida de salvación.
El Titán y el Ner, gigantes caldeos, son también vislumbres del conocimiento que tenían de la gigantesca raza Atlante. La lucha de los primitivos caldeos contra la rebelde naturaleza e incomodidad del terreno que habitaban y el recuerdo del culto natural de sus antepasados arios, hizo que divinizaran los elementos y fenómenos naturales. Pero el culto más arraigado de este pueblo, que alcanzaría un grado elevadísimo de civilización, es aquél de la existencia de la vida después de la muerte, de la reencarnación y de la influencia de los seres buenos y malos sobre la tierra y los hombres. Por eso, el primitivo Sacerdote Caldeo es el mago, que con perfecta vocalización, aleja a los espíritus inferiores e invoca la protección de los buenos.

El estudio profundo de las artes mágicas, hace de los sacerdotes e Iniciados caldeos grandes químicos y grandes conocedores del aspecto oculto de la naturaleza. Como aprendieron que toda influencia humana está sujeta a la influencia estelar y sideral, fueron astrónomos consumados. Tan cierto es esto, que los templos caldeos se pueden considerar como grandes observatorios. Los antiguos templos eran rectangulares y se llamaban Zigurats, con tres, cuatro o siete pisos sobrepuestos. Estaban construidos sobre grandes cerros artificiales y el piso superior de forma semiesférica, era un perfecto aparato telescópico fundido en plata y oro. Allí estaba la cámara secreta de la Diosa Ishtar, a la cual no podían entrar más que los Grandes Sacerdotes Iniciados o los iluminados que hubieran logrado la clarividencia mental. Los pueblos caldeos, que primitivamente se constituyen en clanes para la disciplina de su organización, alcanzaron bien pronto un gran poder y civilización. No ponían piedras ni mármoles como los egipcios; pero supieron escribir su historia sobre grandes ladrillos de barro que han llegado hasta los días actuales.

También adoraron a un Dios Único, Zi Ana (Dios Creador), Si Kia (el Dios humanizado), el redentor hecho hombre, llamado el Grande y Sublime Pez. Recordemos que el Pez, inicialmente era el símbolo de los primeros cristianos.


Fuente:Diez Grandes Religiones - Santiago Bovisio.